El miedo no ha conseguido destruir quién soy

Aranza Santos, activista trans salvadoreña, relata desde la serenidad que aunque el miedo corroe por dentro hasta acabar dominando todo lo que haces, no ha conseguido destruir quién es.

Hace apenas unos meses tuvo que abandonar El Salvador porque sabía que quedarse podía costarle la libertad. Su defensa pública de los derechos de las personas LGTBI la convirtió en objetivo de las autoridades salvadoreñas. Hoy vive en Euskadi acogida por el Programa Vasco de Protección para Personas Defensoras de los Derechos Humanos, pero reconoce que el miedo viajó con ella.

Esta es su historia:


“Aun sin tener ninguna referencia de casos parecidos, ya de niña yo sabía que era una mujer y me comportaba como tal”

Escuchar el relato de Aranza es estremecedor. A sus 28 años ha tenido que enfrentarse a innumerables episodios de violencia y discriminación: primero por parte de su familia, de sus profesores y vecinos y después de los pandilleros y de la propia policía.

Siempre ha sabido que era una niña, desde que tiene uso de razón. Aun sin tener ninguna referencia al respecto. Hasta los 8 años vivió su condición de una forma totalmente natural, pero todo cambió el día  que su madre recibió una llamada de la escuela alertándola de que su hijo jugaba más con las niñas y sus comportamientos eran demasiado femeninos. “En ese momento yo tuve un choque brutal, porque yo me percibía como mujer, y no entendía porque se enfadaban, ni me dejaban ponerme faldas, ni tener el pelo largo. Preguntaba a mi madre, pero ella no podía darme respuestas claras, ella misma no sabía qué decirme. Aún desde su desconocimiento me apoyó incondicionalmente. Tristemente la perdí cuando tenía solo 11 años y ahí empezó un calvario de idas y venidas con familiares menos comprensivos”

Recuerda cómo sus hermanos y su padre le pedían, por favor, que dejara de comportarse así, que se avergonzaban de ella. Su abuela la llevaba a la iglesia y la exponía allí, con la esperanza de que Dios corrigiera lo que ellos consideraban un “error”. “Todos los feligreses me ponían la mano en la cabeza y oraban por mí. Mi abuela lloraba…era un show horrible. Entonces yo me hacía la enferma cada vez que mi abuela me decía: ‘Vamos a la iglesia’ «.

“Con 15 años descubro en Internet que hay más mujeres como yo, sentí un ¡BOOM!”

Las luchas internas de la adolescencia y las crisis de identidad se esfumaron cuando, con 15 años, tuvo acceso a internet y descubrió casos de mujeres trans en México y España. “En ese momento sentí un ¡Boom! Hay más gente como yo. No estoy mal, no es raro lo que yo siento, no es raro lo que me está pasando. ¡YA!. Y ahí comienzo a abrir mas mis emociones, abrir un poco más el hecho de pasar del binario masculino al binario femenino y comienzo a dejarme crecer el pelo, las uñas, me ponía brillo de las cosas de mis primas que también me apoyaban…”

La transición vino poco después. Comenzó a tomar hormonas robando las ampollas en el centro de salud donde hacía las prácticas de sus estudios y se las inyectaba su prima en casa. Sin control médico, sin información, sin garantías…nada.

Con la transición llegaron otro tipo de problemas, como la imposibilidad de encontrar trabajo y nuevamente la discriminación, la violencia y el miedo. “En ese momento el movimiento de las pandillas era muy peligroso en el Salvador, experimenté el miedo de verdad. Sufrí amenazas de muerte e incluso una grave agresión sexual. Ya como mujer empiezas a experimentar que tienes una condición de vulnerabilidad horrible en la calle. Me daba miedo andar de noche, lo más tarde a las 7 yo ya estaba en la casa, era aterrador”.

El miedo no ha conseguido destruir quién soy
Aranza en una marcha del Orgullo en San Salvador. Foto cedida por Aranza

“Si la policía se interesa por ti en El Salvador, sabes que algo te va a pasar”

El activismo llegó casi de forma natural. En 2021 comenzó a trabajar como educadora en una organización dedicada a la defensa de los derechos de las personas LGTBI. Primero participó en programas de prevención del VIH y, poco a poco, fue asumiendo mayores responsabilidades.

Su implicación fue creciendo al mismo ritmo que su presencia pública. Comenzó a intervenir en medios de comunicación y ruedas de prensa denunciando el retroceso de los derechos humanos bajo el Gobierno de Nayib Bukele. Fue entonces cuando comenzaron las represalias y el acoso policial. Comenzó a sentir que cuerpos uniformados la vigilaban y la fotografiaban.

«No tengo antecedentes penales, nunca he cometido ningún delito. Si la Policía se interesa por ti en El Salvador, sabes que algo te va a pasar«, explica. Asegura que bajo el régimen de excepción, vigente desde 2022, cualquier voz crítica puede ser detenida con acusaciones fabricadas. «Te implantan el miedo para que te calles. Y lo consiguen. Yo dejé de conceder entrevistas porque estaba convencida de que en la próxima ocasión me iban a detener».

El miedo no ha conseguido destruir quién soy
Foto cedida por Aranza.

“En El Salvador tenemos que irnos los buenos y se quedan los malos, es tremendamente injusto”

Ante la imposibilidad de denunciar a quienes, precisamente, debían protegerla, comenzó a buscar una vía para abandonar el país. La oportunidad llegó cuando, a través de Mugen Gainetik, conoció la existencia del Programa Vasco de Protección para Personas Defensoras de los Derechos Humanos, al que accedió tras varios meses de trámites.

Ahora vive en Euskadi, donde continúa ejerciendo el activismo desde la distancia. Colabora con medios salvadoreños, participa en organizaciones sociales y mantiene viva la denuncia de la situación que atraviesa su país, aunque ahora lo hace con más prudencia para no poner en riesgo a quienes permanecen allí. Sin embargo, reconoce que el exilio no pone fin al miedo. Ahora el miedo tiene otro rostro: la incertidumbre por su futuro. Su objetivo es el de reconstruir su vida, continuar sus estudios y encontrar un trabajo, pero la burocracia convierte ese camino en una carrera de obstáculos. Sabe que necesita todo el apoyo de las instituciones e ignora si lo seguirá teniendo una vez finalice el programa, en apenas unas semanas. «Siento que me han dado seguridad, pero mi vida está en pausa», resume.

El miedo no ha conseguido destruir quién soy
Foto de Amaia Balerdi

«Ser activista es una vocación. No puedo dejar de alzar la voz por los niños y niñas trans que siguen allí y están sufriendo lo que yo sufrí”

La preocupación de Aranza va mucho más allá de su propia historia. Piensa en las niñas y niños trans que hoy crecen en El Salvador y teme que vuelvan a enfrentarse a muchas de las violencias que ella sufrió. Aunque internet les permite acceder a referentes e información que ella no tuvo, denuncia que siguen sin existir protocolos sanitarios específicos, una atención pública digna o políticas que garanticen sus derechos.

Cuando le preguntamos qué le diría a aquella niña que siempre supo que era una mujer, su respuesta deja entrever el camino recorrido. “Le diría que resista, que un día encontrará personas que la aceptarán tal y como es y que, por muy hostil que se vuelva el mundo, nunca pierda su esencia. Porque, el miedo te va corroyendo por dentro, pero no ha conseguido destruir quién soy».